Hay personas que con su sola presencia siembran alegría y paz porque con
su propio ser y su elegancia interior contribuye al bienestar y al
bien-ser de los demás. Nuestro comportamiento ha de caracterizarse siempre por una buena educación,
por el afán de servir, la elegancia, la cordialidad y la simpatía;
cualidades que nacen de la caridad: del amor de Dios y del amor al
prójimo.
Por desgracia, en la actualidad se ha difundido un equívoco que
identifica la naturalidad y la autenticidad con el desprecio de las
formas sociales. Así se dice que cada uno ha de manifestarse como es,
sin dejarse uniformar por normas de urbanidad, corrección en el modo de
vestir, de hablar, de comportarse en la mesa, etc., que serían reglas
artificiales o postizas.
A veces se da un proceso que inicia por hacer a un lado los buenos
modales, y se manifiesta por el desorden, los gritos y risotadas, la incorrección en el lenguaje, la suciedad y la falta de respeto a los demás.

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